Un término con muchas raíces

Visión  global del ROI competencial

Hay temas recurrentes en la labor de un consultor y uno de ellos es el ROI, en concreto, y en lo que mi actividad atañe, el retorno de la inversión dirigida a promover niveles competenciales en los profesionales de la empresa.

Es cierto que el tratamiento de este término no se hace de la misma forma que en otros ámbitos de inversión de las organizaciones; pero sí plantea una cuestión crítica:

¿Obtenemos rendimiento a corto, medio y largo plazo de la inversión realizada en este ámbito?

La última vez que me tocó hablar de ello en una sesión formal y oficial, fue en un grupo de innovación. No fue la primera, ni la segunda vez que abordaba este tema en reuniones con clientes y son muchas las que el ROI aplicado a programas competenciales, toma un protagonismo esencial. Pero su abordaje suele ser tímido, parcial, con no poca incertidumbre y desconfianza, creando iniciativas, con frecuencia, sujetas `con alfileres´.

Es lógico. Y lo es porque se trata de un concepto que da de lleno en la responsabilidad de quien distribuye el esfuerzo de inversión en formación competencial y, por otra parte, entra en unos contenidos que son altamente escurridizos si no los hemos atrapado conceptual y operativamente previamente con claridad.

Analizar no el programa, sino su transferencia

Lo que condiciona valor en el esfuerzo formativo competencial es la medida en que se consigue integrar el contenido tratado en el perfil profesional de quien participa en el programa y, más importante aún, en su modo de actuar profesionalmente. No basta con tener nuevos recursos competenciales en la mochila profesional, la finalidad es que estos nuevos recursos se conviertan en herramientas de uso habitual en el día a día de trabajo.

¿Para qué?

Para condicionar una mejora en la cadena de aportación profesional, es decir, en la eficiencia o desempeño que quienes han participado en el programa, demuestran en su actividad y en la eficacia o contribución a resultados que se condiciona con ello.

¿Cuáles son los contenidos que deben transferirse?

Si estamos hablando de competencias, necesariamente, debemos disponer de una visión clara de qué es una competencia y de cuáles son los componentes que las integran.

Sigue resultándome curioso, mejor dicho, me alerta, que un término tan habitual en la gestión organizativa, esté tan a menudo mal concebido o parcialmente interpretado.

Sorprende ver cómo hay profesionales que siguen sorprendiéndose al ver un esquema sencillo que ayuda a interpretar qué es una competencia, siendo ellos responsables en su empresa de temas como éste.

Si tenemos que analizar el ROI de la transferencia de un esfuerzo formativo, lógico será pensar que es absolutamente necesario conocer conceptual y operativamente aquello que pretendemos transferir, ¿no? Lo contrario suele llevar a establecer indicadores (los famosos KPI) que no apuntan hacia la dirección correcta o que obvian aspectos fundamentales de la transferencia competencial.

Medir la transferencia también supone una partida de coste

Calcular el ROI exige contemplar la globalidad de inversiones que se realizan tanto si estamos hablando de un programa que nunca antes hemos hecho en la organización, como si se trata de evaluar el efecto de una modificación sobre un programa previo. En el primer caso trataremos la inversión en su globalidad, en el segundo, podremos centrarla en el incremento de coste que ha supuesto la modificación del programa.

En ambos casos debemos tener en cuenta dos capítulos de inversión: El derivado de crear un programa transferible y el que exige poner en marcha un sistema de medición de la transferencia que se obtiene.

Si alguien te dice que ellos están midiendo el ROI de programas competenciales y tienes la fortuna de que es cierto, pregúntale cómo lo hacen porque descubrirás un mundo complejo, pero muy interesante.

Un termino con muchas raíces
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