Si no hay enemigo enfrente, todo el mundo es un valiente

Es muy duro eso de autoevaluarse. Cuando en el colegio nos decían que nos pusiéramos la nota que creíamos merecer nosotros mismos, salían a relucir los más bajos instintos de cada uno, pero también las mayores virtudes.

Cuesta asumir que alguien te diga que eres malo para algo, o simplemente que puedes mejorar, que te falta una pizca, pero te falta. A nadie le gusta recibir críticas negativas, aún con la excusa de decir que las usarás para mejorar, no gusta, a nadie. Todos preferimos que nos digan que somos los mejores, nos lo creemos y seguimos siendo lo que realmente seamos, buenos, regulares o malos, pero felices de saber, o de querer creer, que somos muy buenos según la opinión de otros, por eso si no hay enemigo enfrente, todo el mundo es un valiente, y a veces, no pocas, nuestro peor enemigo somos nosotros mismos que no queremos ver la realidad por miedo a enfrentarnos a ella.

Hay que ser muy valiente para plantarte delante de un espejo, ver la realidad y ponerse una nota justa. Podemos engañar al mundo entero, pero nunca a nosotros mismos, sabemos de verdad lo que somos, lo que hacemos, lo que pensamos y hasta dónde somos capaces de llegar.

A nivel profesional, el mirarse al espejo debería ser una actividad no sólo obligatoria, sino repetitivamente obligatoria. Sin darnos cuenta la tendencia una vez marcada la corrección, es siempre volver al punto de partida, tenemos un proceder muy elástico, y sobre todo muy cómodo.

En su artículo “Tener valentía para mirarse al espejo” (LINK) Jaime Ros destaca una frase que bien leída y bien entendida es algo fuera de serie:

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Que tus ojos guíen tus pasos por lo que aprenden al verlos caminar

Debería terminar el artículo aquí mismo. No hay nada más que añadir. Hacedme un favor, releed la frase. Es curioso cómo en tan poco espacio se puede resumir algo tan grande. Por cierto, se la he copiado tal como sale en su artículo, formato incluido, lo pueden comprobar en el link.

Otras veces hemos comentado los efectos que se producen cuando se comunica. Cuando se cuida una competencia tan importante, no basta con leer y consultar, hay que arriesgar, hay que caminar, porque caminando es cuando vemos dónde tropezamos y eso nos lleva a aprender. Tenemos que tener claro qué efecto buscamos, qué valor queremos aportar, qué ideas queremos proyectar en nuestro auditorio, tonos, gestos, miradas… tantas cosas que es difícil hacerlo uno mismo sin ayuda. Por eso si al aprendizaje sumamos poder contar con un buen maestro, el camino se allanará y será más fácil llegar a buen término.

Lo importante es saber siempre dónde, cómo, para qué, por qué y, simplemente, qué queremos comunicar, y saber si somos capaces de controlar todos los interrogantes que nos van a aparecer a la hora de encender motores y ponernos en marcha. Por eso, hay que autoevaluarse, hay que ponerse frente al espejo y ser sinceros, nadie dijo que fuera fácil, y tenía razón. No busquéis al enemigo fuera, a veces somos nosotros los que más vallas nos ponemos por delante. Seamos valientes y usemos el espejo para ver la realidad y enfrentarnos a ella para crecer, tanto a nivel personal como profesional.

Un gran reto que sólo los que quieren sobresalir sabrán llevar a término. ¿Nos ponemos?

Si no hay enemigo enfrente, todo el mundo es un valiente.
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