Dios me dé cien enemigos, pero no un falso amigo
¿Has sentido alguna vez que el móvil de tu compañero, pareja, amigo, hermano, hijo… es más importante que tú para ellos?
¿O ha sido tu móvil el que ha sido más importante que todos ellos?
Todos hemos estado en alguna situación que nos ha hecho sospechar que no somos tan importantes como nos creemos para algunos.
Estás a la mesa, sentado, comiendo con alguien importante para tí, o dando un paseo con tu pareja y de repente, suena el móvil. No es más que un mensaje que llega, una notificación más entre tantas, pero la miras, desbloqueas el móvil y la lees. Sólo 30 segundos o alguno menos y la persona que tienes delante espera a terminar su frase aún con ilusión por contarte aquello que le importa y quería compartir contigo.
No pasa nada, no es nada grave, ¿a que no?
Nada, excepto que en esos escasos 20 segundos, se ha roto algo que existía porque a alguien le importaba, la calidez de una confesión, de un comentario, de una opinión, que alguien quería compartir contigo, eso de «estoy aquí contigo». ¿No os ha pasado nunca? A mi sí. Porque lo he sufrido y porque lo habré hecho alguna vez, aunque intento estar muy alerta para no hacerlo.
El teléfono no es un enemigo, al contrario, es una herramienta espectacular de una potencia inimaginable hace menos de 10 años. Nos conecta con gente, nos mantiene informados, nos saca de dudas, sirve de cámara de fotos, de video, de reproductor de música, de agenda, de entretenimiento…sirve para todo, menos, por poner un ejemplo, para dar abrazos, para parecer humano.
Y haciendo tantas cosas, se ha convertido en algo especializado en captar la atención del usuario de una forma prácticamente irresistible.
Y muchas veces consigue captar nuestra atención cuando alguien que está a veinte centímetros de nosotros está intentando compartir algo que le importa con nosotros, una alegría, un miedo, una idea, un proyecto, una anécdota un recuerdo gracioso o tonto, que sólo tiene importancia porque lo está contando a alguien con quien quiere compartirlo.
Solemos, me incluyo, sentarlo a la mesa a la hora de comer, como si fuera un invitado más. Eso sí, para que se vea que no nos importa, lo ponemos con la pantalla hacia abajo, que así nos autoperdonamos el insulto a los demás comensales.
Cuando damos prioridad a nuestros móviles no es que nos estemos convirtiendo en malas personas, es que aún no sabemos manejar ese aparato tan maravilloso, esa tecnología que ha llegado de golpe a nuestras vidas y no conocemos el arte de la doma para que sea él quien nos de servicio, no nosotros a él.
Nos sentimos un poco torpes, un poco culpables cuando lo hacemos, y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta hasta que el otro nos lo hace notar con esa mirada silenciosa que demuestra que le hemos fallado.
No se trata de demonizar la tecnología —al contrario, es una herramienta maravillosa cuando se usa con equilibrio—. Pero quizás sea momento de cultivar hábitos que nos recuerden la prioridad de lo humano.
En resumen, el teléfono móvil es un aliado, no un sustituto, o al menos debería serlo.
Al elegir conscientemente el contacto humano sobre las distracciones digitales, redescubrimos la esencia de lo que nos hace únicos: nuestra capacidad para conectar de manera auténtica y natural.
Y tú, ¿has notado esto en tu día a día? Quizás sea una invitación a desconectar para reconectar de verdad.
Más abrazos y menos likes.
