Al que no se mueve, no le da el aire

Y llega el momento. Te has preparado, has estudiado, has releído tus notas, apuntes, las guías de cómo y cuándo, los por qués… y cuando sube el telón, no sabes por dónde empezar.

De repente, sin razón, todo eso que llevas preparado, desaparece y te quedas con la mirada perdida en el auditorio sin saber cómo dar el primer paso.

Es mi pesadilla recurrente desde que sé que tengo unos cursos que impartir en breve y sobre todo se repiten los días que más tiempo dedico a planificar contenidos, formas, etc.

Va a resultar que nuestro mayor enemigo somos nosotros mismos, y nos boicoteamos desde antes de empezar una labor boicoteable, en mi caso, antes incluso de entrar al edificio donde se impartirá el curso.

Por supuesto tengo claro que no poseo el don de la verdad absoluta y menos aún el de la infalibilidad, todos podemos cometer errores, y creo que todos tenemos que cometerlos para poder añadir conocimiento a nuestro camino. Los problemas, las dificultades son las que más empujan hacia adelante a cualquiera que intente tirar hacia adelante.

El hecho de enfrentarse a miedos, como el hablar en público, el responder preguntas que nunca sabes cuáles van a ser, eso de trabajar con guion, pero sólo aplicable a uno de los lados, el esperar “cualquier cosa” de los que tienes enfrente, es terrorífico.

Darse cuenta de que hay gente cuchicheando, nunca sabes de qué y piensas que no tiene nada que ver con lo que estás hablando, luego miras a otro lado y encuentras un fabuloso gesto de desaprobación o aburrimiento, no le interesas para nada, miradas al reloj, ojos medio cerrados, un sin fin de motivos para terminar la sesión y despedirte hasta la próxima. Pero siempre hay quien sí está, a quien sí le interesa, quien, quizás por un momento ha hecho un gesto raro, se ha despistado, pero retoma el interés y te devuelve al lío. Gracias a Dios son la mayoría. Igual no resulta tan tremendo al fin y al cabo.

No soy el más indicado para dar lecciones de esto, pero sí tengo claro que en un auditorio siempre puede haber alguien que sepa lo mismo o más que uno y que, desde su lado, en el que no tienen presión ninguna, puede hacerte pasar un rato desagradable, con o sin intención.

Aquí es donde entra el saber, no sólo del tema que se imparte, sino de comunicación. Tampoco soy un maestro, pero tengo al mejor a mi lado y eso, aún sin hacer desaparecer los malos ratos, ayuda a sentir que todo se puede superar, hay métodos, formas, caminos… que bien iluminados ofrecen una salida noble a todo el que se enfrenta a un descarrile.

El arte de la comunicación es algo que no debe quedar en segundo plano, no sólo en el caso de dar cursos. La comunicación es el eje de todo lo que hacemos en nuestra vida, tanto a nivel profesional como personal. Conocer cómo, cuándo y por qué, dónde y para qué usarla es fundamental en todos los aspectos de nuestra vida.

Y es por eso por lo que esas recurrentes pesadillas, esos miedos, pesan menos de lo que parecen, por aprender a manejar la herramienta más importante que me han enseñado a usar: La Comunicación. No es todavía mi mejor habilidad, pero sigo aprendiendo y espero, aún sin dominarla, saber usarla cómo y cuándo necesite con los mejores resultados posibles, como bien dice Jaime Ros, “La comunicación mueve consecuencias” y en ello estamos, porque como dice el refrán del título, si queremos que nos dé el aire, tenemos que movernos, y nadie va a hacerlo por nosotros.

Al que no se mueve, no le da el aire
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